
¡Qué chiquitín era! Por eso mamá decía mi nombre siempre con diminutivos, y más bien la mayor parte de las veces me llamaba "pequerrechiño", "bolita", "chiquitín", "bichito", "gatito",
"meu rei"... y yo qué sé cuántas cosas más en vez de usar el mío propio. Tardé bastante en enterarme de cómo me llamaba realmente. Con lo fácil que era, ¡si sólo tiene tres letras! Mira que se complica la vida mami.
Mes y medio que tenía nada más... Todo un mundo por delante para descubrir, círculos concéntricos cada vez más amplios que explorar y metas para las alturas a las que llegar. Pero si me caía hasta de un puf de treinta centímetros de alto... ¡qué bueniño que era! Desde el primer día me convertí en el rey de la casa. De hecho soy tan bueno que permito a mamá y compañía vivir conmigo aquí, en mi casa.
Me voy a dormir, que es lo que hago la mayor parte del tiempo; el resto lo empleo en comer, beber... necesidades físicas varias (incluidas mis abluciones, soy limpísimo) y también entretengo a mis inquilinos jugando con ellos, se lo pasan bárbaro y a mí me encanta verles tan contentos.
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