FAUVEROS

jueves, 19 de junio de 2008

Bartleby, el escribiente. Prólogo.

Bartleby, el escribiente es uno de los relatos más extraños de la historia de la literatura, y sigue siendo extraño aún en una época tan autosuficiente y aparentemente desmitificadora como la nuestra. No nos puede sorprender, pues, que el relato de Herman Melville apareciese como una auténtica extravagancia en el mundo literario americano del siglo XIX. La crítica contemporánea quedó perpleja ante esta obra peculiar, que fue atacada despiadadamente y tildada de absurda e incomprensible. Tanto una lectura simbólica como literal parecía desembocar en un callejón sin salida, algunos pensaron que era una burla, otros que contenía un mensaje profundo, enigmático. Hoy se considera que Bartleby, el escribiente es un precursor insólito de los mejores relatos de Kafka, Dickens o Dostoyevski. Se ha creído constatar su influencia en la obra de Musil o de Beckett, por nombrar a dos escritores de mundos literarios distintos. En suma, desde el mismo momento de su nacimiento, el relato de Herman Melville ha espoleado la polémica y ha generado el intenso interés que garantiz la inmortalidad de una obra literaria: la fascinación.

Pero, ¿cuáles son las causas objetivas que han podido originar esta fascinación? ¿Qué hace de Bartleby un relato inmortal, con una fuerza de atracción tal que incluso se ha tornado en el objeto de elucubraciones de grandes pensadores, convirtiéndose en lo que podríamos denominar un "caso filosófico"? Dar una respuesta a estas preguntas excedería las competencias de un modesto prólogo: se necesitaría un ensayo y, nos tememos uqe, aunh así, el resultado sería bastante incierto. No obstante, lo que sí podemos intentar es emplear el escalpelo para diseccionar el relato, hacer una autopsia de emergencia que nos ofrezca, no la causa de la muerte, sino los motivos que han podido incidir en la vida eterna de Bartleby. Y podríamos empezar, como lo hizo Gilles Deleuze en su pequeño ensayo Bartleby, ou La Formule, por la fórmula.

Pues, en efecto, el relato contiene una de las expresiones más famosas de la literatura. Se trata de la frase que emplea Bartleby, el pálido y fantasmal copista, para eludir sus obligaciones. En inglés, en el original, I would prefer not to. Sobre esta expresión se han hecho correr ríos de tinta, hay intérpretes que han creído descubrir en ella la clave del relato. Y, ciertamente, se trata de una expresión atípica, que idiomas como el alemán o el francés tienen dificultades en traducir. Aún en inglés resulta algo forzada, sobre todo en un contexto coloquial. No obstante, al repetirla, adquiere una suerte de normalidad, es más, parece contagiosa, se infiltra en el lenguaje y no es raro, como ocurre con el abogado y los copistas de la oficina de Bartleby, que pase a formar parte del vocabulario cotidiano. La traducción Preferiría no hacerlo parece la más conveniente, pues el verbo preferir presupone un acto volitivo, aunque debilitado por el tiemop verbal empleado. Bartleby prefiere no hacerlo, es decir, en realidad se niega a hacerlo, aunque la frase parece implicar la existencia de una opción. Sin embargo, desmintiendo esta impresión, la expresión es neutral, elude el terreno peligroso de las afirmaciones y de las negaciones, designa una decisión con un material lingüístico ambiguo. ¿Por qué emplea Bartleby un giro tan complejo? Para responder a esta pregunta, y para subrayar la importancia que adquiere la expresión, antes sería necesario recordar que Bartleby apenas habla a lo largo del relato, y cuando lo hace es sólo para constatar un hecho obvio o describir una situación fáctica evidente. Así pues, su famosa frase resulta la cúspide de su mundo lingüístico; descubrir qué hay detrás de ella nos daría la clave del asunto. Gilles Deleuze emplea el término "fórmula" y nos parece acertado. La repetición de la expresión es propia de una fórmula mágica: Bartleby la emplea como un conjuro, pero no en un sentido activo, sino pasivo. En cierto modo se podría hablar de una inversión del "ábrete sésamo". Cada vez que Bartleby pronuncia las ominosas palabras, se recluye en otra esfera interior del ser: así va abandonando las distintas esferas de la existencia, en una huida continua de la voluntad y de la acción. El mismo papel juega otra fórmula que aparece al final del texto: "pero no soy exigente". Su funcionamiento y resultado es análogo; cada vez que el abogado le ofrece una nueva posibilidad para incorporarse a la vida activa, Bartleby la rechaza con el empledo del ambiguo preferir y con la coletilla "pero no soy exigente". Aunque parezca que deja una puerta abierta a la esperanza, en realidad esa expresión designa una nueva huida del ser.

Ahora ocupémosnos del personaje, del héroe del relato. Bartleby es, sin duda, uno de los más excéntricos especímenes de la raza humana, lo más próximo a un espectro que permiten las leyes biológicas. Dentro de la obra de Melville también resulta un caso aparte. Aunque los héroes del gran escritor americano son complejos y poseen a menudo atributos negativos o débiles, en ellos prima, por regla general, un espítitu emprendedor o activo. Billy Budd, por ejemplo, a pesar de su tartamudez e ingenuidad, es un modelo de marinero, un hombre de accción. Benito Cereno, aunque sumido en la impotencia opr la rebelión de los esclavos, busca la libertad y, en el último mometo, salta a la ballenera para huir. Bartleby, sin embargo, sufre una enfernmedad de la voluntad, que se manifiesta en una incapacidad apra actuar, para transformar la realidad. Su pasividad es completa, es un hombre que se ha abandonado a sí mismo. Esta conducta no es, sin embargo, inmoral, aunq2ue sí profundamente amoral, pues Bartleby, según todos los indicios, jamás iría en ayuda de una persona en peligro; "preferiría no hacerlo". Ha habido intérpretes que lo han caracterizado, asumiendo esta amoralidad, como un hombre sin atributos, aplicando la descripción de Musil, pero Bartleby, por muy reducida que sea su esfera vital y por muy frágil que sea su espíritu, posee atributos, aunque "antiexistenciales". Si buscamos algún modelo que nos pueda ayudar a descifrar su mundo, fuera de los casos psicopatológicos, podríamos mencionar las teorías chinas acerca de la conducta ideal del emperador y del hombre santo. Así, Lao Tse escribe en el Tao Te King: "Quien desee dominar el mundo bajo el cielo y lo pretenda gobernar con acción, no lo conseguirá. El mundo bajo el cielo es algo que está animado con "Sen" y, por consiguiente, no se puede gobernar con actividad, pues quien lo intente gobernar con actividad, lo destruirá". Y otro pasaje: "lo que se dobla, se mantiene íntegro; lo que se inclina, permanece recto. El motivo por el que el hombre santo abarca el Todo, convirtiéndose por esta razón en un modelo apra la humanidad bajo el cielo, es el siguiente: Él no se muestra, de ahí su luminosidad; no existe por amor a sí mismo, de ahí su brillo; no lucha por su "Yo", de ahí el mérito de sus actos; no posee compasión por su "Yo", de ahí su superioridad. En verdad, como no aspira a nada, nadie en el mundo aspira a enfrentarse con él".

Si bien es cierto que en la visión taoísta de la existencia se repiten esos rasgos de pasividad, de inactividad, de vacía contemplación, que recuerdan el comportamiento de Bartleby, como si éste fuera un emperador chino sin imperio y sin súbditos, una suerte de soberano de la Nada, tampoco se puede olvidar que su actitud impele a la acción, transforma el entorno: esta circunstancia es el paradigma de su existencia vegetativa. Aunque Bartleby carece por completo de responsabilidad social, obliga a los demás a tomar una decisión moral: ya sea a echarle con cajas destempladas, a acogerle y cuidarle, a ignorarle o a hacerle daño. Ésta es la relación que vincula al abogado con Bartleby: en este sentido, ya sea providencialmente o no, Bartleby es un despertador de la conciencia moral y ajena, y Melville inmiscuye al lector en este dilema.

Aunque el autor nos deja prácticamente solos con Bartleby, pues conocemos los hechos a través de una tercera persona y ésta carece, lógicamente de imparcialidad, al final del relato encontramos dos exclamaciones que, aunque provenientes del abogado, parecen fuera de contexto, es como si Melville se hubiese reservado la última palabra:"¡Oh, Barttleby! ¡Oh, humanidad!". También aquí se ha creído encontrar la clave del relato. Gilles Deleuze se decanta por interpretar estas palabras como una alternativa, como una relación de oposición, como dos mundos que se excluyen. Pero también es verosímil, o al menos no resultaría arbitrario, subsumirlas, proyectar a Bartleby en el corazón de la humanidad, identificarlos. Ambas posibilidades están abiertas, aunque cada una de ellas posee una lógica propia y conduce, indefectiblemente, a un resultado distinto. Melville, como Kafka, puede rodear de aparente absurdo y misterio a un personaje, pero jamás traiciona los principios causales ni, por supuesto, la realidad.

Tal vez sea Bartleby, el escribiente uno de los relatos en los que más claro aparece el abismo entre el texto y las posibilidades que tiene éste de desplegarse en el muundo ficticio del lector. No en vano es uno de los relatos cuya interpretación sigue siendo un misterio. Parece como si cada intérprete tuviera su Bartleby particular. Así, en la bibliografía, encontramos títulos peculiares: Bartleby, el inescrutable o Bartleby, un trabajador alienado o Barleby y el terror de la limitación o Bartleby y la "doctrina de la necesidad". Tonos metafísicos, materialistas, siniestros, enigmáticos, banales. Hablar de interpretaciones es aquí, por tanto, un tema espinoso. Tampoco pretendemos dar en este prólogo más credibilidad a una u otra de las múltiples explicaciones. Bastará con que el lector se forje su propio Bartleby, que, no lo dude, le acompañará de por vida. No obstante, Sí sería útil la mención de las principales interpretaciones de que ha sido obeto el relato de Melville, sin, por supuesto,l agotar las posibilidades, y con el simple propósito de orientar la lectura. Algunos hablan de una crítica a la huída de la civilización de Thoreau, otros opinan que se trata de un autorretrato de Melville como escritor fracasado. Hay quien se decanta opr interpretarlo como la parábola de un artista en el mundo de Wall Street. La explicación más fácil es la que lo reduce a la descripción de un caso psicopatológico. Hay quien opina que es una crítica a la sociedad capitalista. Los que se inclinan a considerarlo un antecedente de la literatura existencialista de Camus o Sartre hacen de Bartleby un rebelde contra un universo absurdo. Para otros constituye un símbolo del nihilismo o una ironía schopenhaueriana. Todas estas teorías han sido defendidas en estudios y ensayos monográficos que llenarían varias repisas de libros. Sólo sabemos con certeza que la idea de Barleby surgió de un amigo de juventud, el escritor Eli James Murdock Fly, que, sin dinero, encontró trabajo de copista en Nueva York y se pasaba, según comunicaba Melville en una de sus cartas, "todo el día escribiendo desde la mañana hasta la noche". Un destino que el escritor americano eludió gracias a su letra ignominiosa.
José Rafael Hernández Arias.

9 comentarios:

Dr. Krapp dijo...

A lo mejor sería más correcta una traducción literal de la famosa frase como forma todavía más firme de distanciarse del compromiso y manifestar la impotencia ante la obligación que se quiere aludir.
Sería: "Podría preferir no hacerlo"

Fauve, la petite sauvage dijo...

¿Aludir o eludir? Bueno, en cualquier caso no estoy de acuerdo, ya que dicho así implica una preferencia por no hacerlo, aumentada por el condicional, pero una posibilidad futura de hacerlo muy probable, y no es de lo que se trata.
Por traducir, yo diría: "Casi que no", que es más castizo XD.
Saludos, doctor; hacía mucho que no le veíamos por aquí; gracias por dejarnos su comentario en este su humilde pseudoblog, a su disposición :P

Dr.Krapp dijo...

Aludir, aludir.
No estoy de acuerdo en absoluto. A mi esa frase del "Casi que no" me recuerda al chascarrillo de Curz y Raya.

pcbcarp dijo...

En todo caso, la dichosa frase corresponde a un época disciplinada por la buena educación. Hoy día, -preciso es reconocerlo- no sé qué coño diría Bartleby

pcbcarp dijo...

¿Paso?

Fauve, la petite sauvage dijo...

¡Hombre! ¡Hola, pecebecarp! (ya me lo aprendí) Bienvenido a este sitio de copiaypega donde se intenta hacer de esa técnica un arte... o algo así.
Pues a pesar de que tu visita me honra y me abruma y debería hacerte reverencias, no soy falsa y debo decir la verdad (intentaré al menos ser diplomática, que la sinceridad no está reñida con la educación): tampoco estoy de acuerdo contigo. "Paso" dicho de modo reiterativo ante cada orden de un jefe sería un motivo de expulsión, y para el paro de cabeza a la segunda o tercera.
Me inclino más por el silencio absoluto, en esta sociedad donde ya no se puede encontrar en ningún sitio, es que ni con tapones en los oídos... Creo que sería lo más desconcertante para un jefe.
Bueno, saludos y muchas gracias por tus mensajes; ahora sí que puedo dormir tranquila, que ya son horas (para la siesta) XD.

Fauve, la petite sauvage dijo...

Dr. Krapp, vale; cámbiame el casi que no por un "voy enseguida", o un "un poco más tarde", o un "hoy no me viene bien", o incluso un "no me compensa".
(Perdón, se me había pasado tu entrada con la emoción de ver a pc bc arp (al descubierto mi regla mnemotécnica XD).

Xocas dijo...

Sin haber leído la obra me atrevo a dejar unas letras, visto que ustedes y ustedas han fijado su atención más bien en la frase en sí:
El auxiliar ya sitúa la frase en el terreno de lo eventual y el "prefer" excluye categóricamente la rotunda y explícita negativa. Es una frase "correcta" que lleva umplícita una carga irónica probablemente muy fuerte, ya que seguramente responde a una petición que en el terreno de lo laboral corresponde pura y simplemente a una orden.
De esa manera, Bartleby dinamita el carácter inevitablemente cohercitivo de la instrucción/petición/orden, y lo hace además con el lenguaje más amable y ortodoxamente académico que podría utilizarse.
Es un ajuste de cuentas en el terreno de lo intelecutal, envuelto en la mejor de las sonrisas. Suena mucho más inglés que americano.
Aunque visto que no se ha leído el libro, todo lo anterior podría ser la madre de todos los disparates. Pero uno tiene derecho a decir disparates, ¿no?
Será mejor leer el libro... ;)))

Bicos e apertas.

Fauve, la petite sauvage dijo...

¡Ole mi Xocas! Lo mismo que dije yo, exactamente lo mismito. Bueno, vale, no lo dije, pero eso era lo que me gustaría haber sabido decir. El libro léetelo, te gustará; pero no hagas caso a esta gente que ni se ha leído el libro ni siquiera la entrada; por eso se han quedado con la frase (aunque la verdad es bien cierto que es la que más caracteriza al libro y más famoso lo hace).
y, decididamente, creo que hoy en día, en el mundo en que vivimos, la traducción sería exactamente la misma; tanto por la postura de Bartleby como para provocar la situación de... bueno, de dejar atónito al jefe.
Muchas gracias por tu comentario, Setemilsoles.
¡Saaaaaludos a todos!

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