FAUVEROS

sábado, 21 de junio de 2008

Behind blue eyes



"Cementerio de elefantes o Bosque de elefantes",
Óscar Domínguez. 1938. Óleo sobre lienzo. 58,5 x 71 cm. Colección particular.

(Trillones de billones de millones de gracias, Alma Cándida, por este fabuloso descubrimiento del autor que me has sugerido, al que conocía pero muy poco, de algún juego y tal.... y que me chifla).

***********

(...) Finalmente encontró a un viejo que poseía una vieja máquina francesa y que, aunque no se dedicaba a alquilarla, hacía una excepción con los escritores.

La cifra que le pidió el viejo era alta y al principio R. pensó que lo mejor era seguir buscando, pero cuando vio la máquina, perfectamente conservada, sin una mota de polvo, con todas las letras dispuestas a dejar su impronta en el papel, decidió que bien podía darse el lujo de pagarle. El viejo pedía el dinero por adelantado y aquella misma noche, en el bar, R. pidió y obtuvo varios préstamos de las chicas. Al día siguiente volvió y le mostró el dinero, pero entonces el viejo sacó una libreta de un escritorio y quiso saber su nombre. R. dijo lo primero que se le pasó por la cabeza.
-Me llamo A.
El viejo entonces lo miró a los ojos y le dijo que no se pasara de listo, que cuál era su nombre verdadero.
-Mi nombre es A., señor -dijo R.-, y si usted cree que estoy bromeando lo mejor será que me vaya.

Durante unos instantes ambos permanecieron en silencio. Los ojos del viejo eran de color marrón oscuro, aunque bajo la débil luz de su estudio semejaban ser de color negro. Los ojos de A. eran azules y al viejo le parecieron los ojos de un joven poeta, unos ojos cansados, maltratados, enrojecidos, pero jóvenes y en cierto sentido puros, aunque el viejo hacía mucho que había dejado de creer en la pureza.

-Este país -le dijo a R., que aquella tarde se convirtió, tal vez, en A.- ha intentado arrojar al abismo a varios países en nombre de la pureza y de la voluntad. Para mí, como usted comprenderá, la pureza y la voluntad son puro mariconeo. Gracias a la pureza y a la voluntad nos hemos convertido todos, entiéndalo bien, todos, todos, en un país de cobardes y de matones, que al fin y al cabo son lo mismo. Ahora lloramos y nos afligimos y decimos ¡no lo sabíamos!, ¡lo ignorábamos!, ¡fueron los nazis!, ¡nosotros hubiéramos actuado de otra manera! Sabemos gemir. Sabemos provocar lástima y pena. No nos importa que se burlen de nosotros, mientras nos compadezcan y nos perdonen. Ya habrá tiempo para que inauguremos un largo puente de amnesia. ¿Comprende usted lo que quiero decir?
-Lo comprendo -dijo A.
-Yo fui escritor -dijo el viejo.




-Pero lo dejé. Esta máquina de escribir me la regaló mi padre. Un padre cariñoso y culto que llegó a vivir hasta los noventaitrés años de edad. Un hombre básicamente bueno. Un hombre que creía, de más está decirlo, en el progreso. Pobre mi padre. Creía en el progreso y por supuesto creía en la bondad ingtrínseca del ser humano. Yo también creo en la bondad intrínseca del ser humano, pero eso no significa nada. Un asesino, en el fondo, es bueno. Los alemanes eso lo sabemos bien. ¿Y qué? Puedo pasar una noche bebiendo con un asesino y tal vez, al contemplar ambos la aurora, nos pongamos a cantar o a tararear una pieza de Beethoven. ¿Y qué? Puede el asesino llorar en mi hombro. NOrmal. Ser asesino no es fácil. Eso lo sabemos bien usted y yo. No es nada fácil. Exige pureza y voluntad, voluntad y pureza. La pureza del cristal y una voluntad de hierro. E incluso puedo yo ponerme a llorar en el hombro del asesino y susurrarle palabras dulces como "hermano", "camarada", "compañero de infortunios". En ese momento el asesino es bueno, puesto que es intrínsecamente bueno, y yo soy un idiota, puesto que soy intrínsecamente un idiota, y ambos somos sentimentales, puesto que nuestra cultura tiende irrefrenablemente a la sentimentalidad. Pero cuando la obra se acaba y yo estoy solo, el asesino abrirá la ventana de mi cuarto y entrará con sus pasitos de enfermero y me degollará hasta que no quede ni una gota de mi sangre.

Pobre de mi padre mío. Fui escritor, fui escritor, pero mi indolente cerebro voraz me comía las entrañas. Buitre de mi propio Prometeo o Prometeo de mi propio buitre, un día me di cuenta de que podía llegar a publicar excelentes artículos en las revistas y en los periódicos, e incluso libros que no desmerecían el papel en que estaban impresos. Pero también supe que jamás lograría acercarme o internarme en aquello que llamamos una obra maestra. Me dirá usted que la literatura no consiste únicamente en obras maestras sino que está poblada de obras, así llamadas, menores. Yo también creía eso. La literatura es un vasto bosque y las obras maestras son los lagos, los árboles inmensos o extrañísimos, las elocuentes flores preciosas o las escondidas grutas, pero un bosque también está compuesto por árboles comunes y corrientes, por yerbazales, por charcos, por plantas parásitas, por hongos y por florecillas silvestres. Me equivocaba. Las obras menores, en realidad, no existen. Quiero decir: el autor de una obra menor no se llama fulanito o zutanito. Fulanito y zutanito existen, de eso no cabe duda, y sufren y trabajan y publican en periódicos y revistas y de vez en cuando incluso publican un libro que no desmerece el papel en el que está impreso, pero esos libros o esos artículos, si usted se fija con atención, no están escritos por ellos.

Toda obra menor tiene un autor secreto y todo autor secreto es, por definición, un escritor de obras maestras. ¿quién ha escrito tal obra menor? Aparentemente un escritor menor. La mujer de este pobre escritor lo puede atestiguar, ella lo ha visto sentado a la mesa, inclinado sobre las páginas en blanco, retorciéndose y deslizando su pluma sobre el papel. Parece un testigo irrebatible. Pero lo que ha visto es sólo la parte exterior. El cascarón de la literatura. Una apariencia -le dijo el viejo ex escritor a A. y A. recordó a A'-. Quien en verdad está escribiendo esa obra menor es un escritor secreto que sólo acepta los dictados de una obra maestra.

Nuestro buen artesano escribe. Está ensimismado en aquello que va plasmando bien o mal en el papel. Su mujer, sin que él lo sepa, lo observa. Efectivamente, es él quien escribe. Pero si su mujer tuviera una vista de rayos X se daría cuenta de que no asiste propiamente a un ejercicio de creación literaria sino más bien a una sesión de hipnotismo. En el interior del hombre que está sentado escribiendo no hay nada. Nada que sea él, quiero decir. Cuánto mejor haría ese pobre hombre dedicándose a la lectura. La lectura es placer y alegría de estar vivo o tristeza de estar vivo y sobre todo es conocimiento y preguntas. La escritura, en cambio, suele ser vacío. En las entrañas del hombre que escribe no hay nada. Nada, quiero decir, que su mujer, en un momento dado, pueda reconocer. Escribe al dictado. Su novela o poemario, decentes, decentitos, salen no por un ejercicio de estilo o voluntad, como el pobre desgraciado cree, sino gracias a un ejercicio de ocultamiento. ¡Es necesario que haya muchos libros, muchos pinos encantadores, para que velen de miradas aviesas el libro que realmente importa, la jodida gruta de nuestra desgracia, la flor mágica del invierno!

Disculpe las metáforas. A veces me excito y me pongo romántico. Pero escuche. Toda obra que no sea una obra maestra es, cómo se lo diría, una pieza de un vasto camuflaje. Usted ha sido soldado, me imagino, y ya sabe a lo que me refiero. Todo libro que no sea una obra maestra es carne de cañón, esforzada infantería, pieza sacrificable dado que reproduce, de múltiples maneras, el esquema de la obra maestra. Cuando comprendí esta verdad dejé de escribir. Mi mente, sin embargo, no dejó de funcionar. Al contrario, al no escribir funcionaba mejor. Me pregunté: ¿por qué una obra maestra necesita estar oculta?, ¿qué extrañas fuerzas la arrastran hacia el secreto y el misterio?

Ya sabía que escribir era inútil. O que sólo merecía la pena si uno está dispuesto a escribir una obra maestra. La mayor parte de los escritores se equivocan o juegan. Tal vez equivocarse y jugar sea lo mismo, las dos caras de la misma moneda. En realidad nunca dejamos de ser niños, niños mostruosos llenos de pupas y de varices y de tumores y de manchas en la piel, pero niños al fin y al cabo, es decir, nunca dejamos de aferrarnos a la vida puesto que somos vida. También se podría decir: somos teatro, somos música. De igual manera, pocos son los escritores que renuncian. Jugamos a creernos inmortales. NOs equivocamos en el juicio de nuestras propias obras y en el juicio siempre impreciso de las obras de los demás. NOs vemos en el Nobel, dicen los escritores, como quien dice: nos vemos en el infierno.

Una vez vi una película de gángsters norteamericana. En una escena un detective mata a un malhechor y antes de disparar el balazo mortal le dice: nos vemos en el infierno. Está jugando. El detective está jugando y equivocándose. El malhechor, que lo mira y lo insulta poco antes de morir, también está jugando y equivocándose, aunque su campo de juegos y su campo de equívocos se ha reducido hasta el cero absoluto, puesto que en el siguiente plano va a morir. El director de la película también juega. El guionista, lo mismo. NOs vemos en el Nobel. Hemos hecho historia. El pueblo alemán nos lo agradece. Una batalla heroica que será recordada por las generaciones venideras. Un amor inmortal. Un nombre escrito en el mármol. La hora de las musas. INcluso una frase aparentemente tan inocente como decir: ecos de una prosa griega no contiene más que juego y equivocación.

El juego y la equivocación son la venda y son el impulso de los escritores menores. También: son la promesa de su felicidad futura. Un bosque que crece a una velocidad vertiginosa, un bosque al que nadie le pone freno, ni siquiera las Academias, al contrario, las Academias se encargan de que crezca sin problemas y los empresarios y las universidades (criaderos de atorrantes), y las oficinas estatales y los mecenas y las asociaciones culturales y las declamadoras de poesía, todos contribuyen a que el bosque crezca y oculte lo que tiene que ocultar, todos contribuyen a que el bosque reproduzca lo que tiene que reproducir, puesto que es invevitable que así lo haga, pero sin revelar nunca qué es aquello que reproduce, aquello que mansamente refleja.

¿Un plagio, se dirá usted? Sí, un plagio, en el sentido en que toda obra menor, toda obra salida de la pluma de un escritor menor, no puede ser sino un plagio de cualquier obra maestra. La pequeña diferencia es que aquí hablamos de un plagio consentido. Un plagio que es un camuflaje que es una pieza en un escenario abigarrado que es una charada que probablemente nos conduzca al vacío.

En una palabra: lo mejor es la experiencia. No le diré que la experiencia no se obtenga en el trato constante con una biblioteca, pero por encima de la biblioteca prevalece la experiencia. La experiencia es la madre de la ciencia, se suele decir. Cuando yo era joven y aún pensaba que haría carrera en el mundo de las letras, conocí a un gran escritor. Un gran escritor que probablemente había escrito una obra maestra, si bien a juicio mío toda su producción era una obra maestra.

No le voy a decir su nombre. Ni a usted le convine que yo se lo diga ni a efectos de la historia es indispensable saberlo. Confórmese con saber que era alemán y que un día vino a Colonia a dar unas conferencias. Por supuesto, yo no me perdí ni una sola de las tres charlas que dio en la universidad de nuestra ciudad. En la última conseguí un asiento en primera fila y me dediqué, más que a escucharlo (en realidad repetía cosas que ya había dicho en la primera y la segunda conferencia), a observarlo en detalle, sus manos, por ejemplo, unas manos enérgicas y huesudas, su cuello de hombre viejo similar al cuello de un pavo o de un gallo sin plumas, sus pómulos ligeramente eslavos, sus labios exangües, unos labios que uno podía tajear con una navaja y de los cuales podía tener la seguridad de que no saldría ni una gota de sangre, sus sienes grises como un mar revuelto, y sobre todo sus ojos, unos ojos profundos y que, dependiendo de ligeros movimientos de su cabeza, en ocasiones semejaban dos túneles sin fondo, dos túneles abandonados y a punto de derrumbarse.

Por supuesto, terminada la conferencia su persona fue acaparada por los notables de la ciudad y yo no pude ni siquiera estrechar su mano y decirle cuánto lo admiraba. Pasó el tiempo. Este escritor murió y yo seguí, como es lógico, leyéndolo y releyéndolo. Llegó el día en que decidí dejar la literatura. La dejé. No hay trauma en este paso sino liberación. Entre nosotros le confesaré que es como dejar de ser virgen. ¡Un alivio, dejar la literatura, es decir, dejar de escribir y limitarse a leer!

Pero ése es otro tema. Ya hablaremos de eso cuando me devuelva mi máquina. El recuerdo de la visita de este gran escritor a mi ciudad, sin embargo, no me abandonaba. Entretanto comencé a trabajar en una fábrica de instrumental óptico. Me ganaba bien la vida. Era soltero, tenía dinero, acudía semanalmente al cine, al teatro, a exposiciones y además estudiaba inglés y francés, y visitaba librerías donde compraba los libros que se me antojaban.

Una vida muelle. Pero el recuerdo de la visita del gran escritor no me abandonaba y, lo que es peor, de repente caí en la cuenta de que sólo recordaba la tercera conferencia, y que mis recuerdos se circunscribían a su rostro, como si ese rostro hubiera pretendido decirme algo que finalmente no me dijo. ¿Pero qué? Un día, por motivos que no vienen al caso, acompañé a un amigo médico al depósito de cadáveres de la universidad. No creo que usted haya estado allí. El depósito está en los sótanos y es una larga galería con paredes de baldosas blancas y techo de madera. En medio hay un anfiteatro en donde se realizan autopsias, disecciones y demás mostruosidades científicas. Después hay dos pequeñas oficinas, la del decano de los estudios forenses y la de otro profesor. En los extremos se encuentran las salas refrigeradas en donde se hallan los cadáveres, cuerpos de indigentes o de personas sin papeles a quienes la muerte visitó en hoteles de paso.

En aquella época demostré un interés sin duda morboso por estas instalaciones y mi amigo médico se encargó amablemente de enseñármelas con todo lujo de explicaciones e incluso asistimos a la última autopsia del día. Luego mi amigo se encerró con el decano en su despacho y yo me quedé solo en el pasillo, aguardándolo, mientras los estudiantes se marchaban y una especie de letargo crepuscular se fitraba por debajo de las puertas como gas venenoso. A los diez minutos de estar esperando oí un ruido que me sobresaltó proveniente de los depósitos. Le aseguro que en aquella época eso bastaba para asustar a cualquiera, pero yo nunca he sido excesivamente cobarde y me dirigí hacia allí.

Al abrir la puerta un soplo de aire frío me dio de lleno en el rostro. En el fondo del depósito, junto a una camilla, un hombre intentaba abrir uno de los nichos para depositar en él un cadáver, pero por más que forcejeaba el nicho o la celdilla en cuestión no cedía. Sin moverme de al lado de la puerta le pregunté si necesitaba ayuda. El hombre se irguió, era muy alto, y me miró de una forma que a mí, entonces, me pareció desconsolada. Tal vez esa impresión de desconsuelo en su mirada me animó a acercarme a él. Mientras lo hacía, franqueado por cadáveres, encendí un cigarrillo para templar mis nervios y, al llegar junto a él, lo primero que hice fue ofrecerle otro cigarrillo, tal vez forzando una camaradería que no existía.

El empleado de la morgue sólo entonces me miró y a mí me pareció haber retrocedido en el tiempo. Sus ojos eran exactamente iguales que los ojos del gran escritor a cuyas conferencias en Colonia yo había asistido como un peregrino. Le confieso que incluso por unos segundos pensé que me estaba, en ese preciso momento, volviendo loco. Me sacó del apuro la voz del empleado de la morgue, en nada parecida a la voz entrañable del gran escritor. Dijo: aquí no se permite fumar.

No supe qué contestarle. Añadió: el humo perjudica a los muertos. Me reí. Dio una nota explicativa: el humo perjudica su conservación. HIce un gesto que en nada me comprometía. Él lo intentó por última vez: habló de unos filtros, habló de la humedad, pronunció la palabra pureza. Volví a ofrecerle un cigarrillo y resignadamente anunció que no fumaba. Le pregunté si llevaba mucho tiempo trabajando allí. Con un tono impersonal y una voz levemente chillona, dijo que trabajaba en la universidad desde mucho antes de la guerra del catorce.
-¿Siempre en la morgue? -le pregunté.
-No he conocido otro lugar -me contestó.
-Es curioso, -le dije-, pero su rostro, sobre todo sus ojos, me recuerdan los ojos de un gran escritor alemán. -Aquí dije el nombre del escritor.
-No he oído hablar de él -fue su respuesta.

En otra época esta respuesta me habría soliviantado, pero a Dios gracias yo vivía una nueva vida. Le comenté que trabajar en la morgue sin duda lo llevaría a reflexiones atinadas o por lo menos originales acerca del destino humano. Me miró como si me estuviera burlando de él o hablando en francés. Insistí. Aquel marco, dije extendiendo los brazos y abarcando todo el depósito, era en cierta manera el lugar ideal para pensar en la brevedad de la vida, en lo insondable que resulta el destino de los hombres, en la futilidad de los empeños mundanos.

Con un sobrecogimiento de horror, de golpe me di cuenta de que estaba hablándole como si él fuera el gran escritor alemán y aquélla nuestra charla que jamás se produjo. No tengo mucho tiempo, me dijo. VOlví a mirar sus ojos. No me cupo la menor duda: eran los ojos de mi ídolo. Y su respuesta: no tengo much9o tiempo. ¡Cuántas puertas abría esa respuesta! ¡Cuántos caminos quedaban de pronto despejados, visibles, tras esa respuesta!

No tengo mucho tiempo, he de acarrear cadáveres, de arriba abajo. No tengo mucho tiempo, he de respirar, comer, beber, dormir. No tengo mucho tiempo, he de moverme al compás del engranaje. NO tengo mucho tiempo, estoy viviendo. No tengo mucho tiempo, me estoy muriendo. Como usted comprenderá, ya no hubo más preguntas. Lo ayudé a abrir el nicho. Quise ayudarlo a meter el cadáver pero mi torpeza en tales lides hizo que la sábana que lo cubría se corriera y entonces vi el rostro del cadaver y cerré los ojos y agaché la cabeza y lo dejé trabajar en paz.

Cuando salí mi amigo me observaba en silencio desde la puerta del depósito. ¿Todo bien?, me preguntó. No pude o no supe responderle. Tal vez dije: todo mal. Pero no era eso lo que quería decir.

Antes de que A. se despidiera deél, después de beber una taza de té, el hombre que le alquiló la máquina de escribir le dijo:
-Jesús es la obra maestra. Los ladrones son las obras menores. ¿Por qué están allí? No para realzar la crucifixión, como algunas almas cándidas creen, sino para ocultarla. (...)

De 2666, Roberto Bolaño.

***********



The Who: Behind blue eyes

No one knows what it's like
To be the bad man To be the sad man
Behind blue eyes
And no one knows What it's like to be hated
To be faded to telling only lies

But my dreams they aren't as empty
As my conscious seems to be
I have hours, only lonely
My love is vengeance That's never free

No one knows what it’s like To feel these feelings
Like I do, and I blame you!
No one bites back as hard On their anger
None of my pain and woe can show through

But my dreams they aren't as empty
As my conscious seems to be
I have hours, only lonely
My love is vengeance That's never free

When my fist clenches, crack it open
Before I use it and lose my cool
When I smile tell me some bad news
Before I laugh and act like a fool

If I swallow anything evil
Put your finger down my throat
If I shiver, please give me a blanket
Keep me warm, let me wear your coat

No one knows what its like
To be the bad man, To be the sad man
Behind blue eyes.

***********

9 comentarios:

Alma Cándida dijo...

Por Dios, desvélame el secreto: ¿los textos son corta y pega? ¿De dónde los sacaaaaas, Fauve?

Tengo que copiarlo y leerlo con calma; no puedo, no pueedooor...

La reflexión sobre la literatura "mayor y menor", junto al cuadro de Óscar Domínguez "Bosque de elefantes" no puede ser más acertada.

Alma Cándida dijo...

Soy una tremenda ignorante. Confesa. Irredenta.

Cito de 2666:
"Toda obra que no sea una obra maestra es, cómo se lo diría, una pieza de un vasto camuflaje. Usted ha sido soldado, me imagino, y ya sabe a lo que me refiero. Todo libro que no sea una obra maestra es carne de cañón, esforzada infantería, pieza sacrificable dado que reproduce, de múltiples maneras, el esquema de la obra maestra. Cuando comprendí esta verdad dejé de escribir. Mi mente, sin embargo, no dejó de funcionar. Al contrario, al no escribir funcionaba mejor."

No hay palabras.

GRACIAS A TI, FAUVE. Qué texto. Qué novela. Qué...

Fauve, la petite sauvage dijo...

De ignorante nada, en todo caso despistada, aunque es un deber inexcusable mío que voy postergando el poner debajo del título del blog un subtítulo referente a mi intención del arte con el copiaypega; por ahora no lo alcanzo (el arte) pero es divertidísimo y, a ti que compartes conmigo las aficiones de ya no navegar, sino dejarse llevar a la deriva por estos mundos de internet, te encantaría.
El texto lo copió la menda lerenda del libro de Bolaño, efectiviwonder, premio para la señorita, aunque siempre, siempre menciono las fuentes; creo que nunca he escrito nada yo misma, a no ser que me refiera a mi gatito o que ponga una frasecilla para dedicar o dar las gracias (como a ti en este caso). El resto me vino dado porque estaba "inspirada" (así me sentía yo) o "plasta" (como refleja la extensión de la entrada, aunque no creo que haya otra en todo el blog tan enorme). Es que una cosa me llevó a la otra y... En fin, asociaciones de ideas.
Bienvenida a tu casa, este pseudoblog.
No estoy muy despierta pero es que acabo de levantarme de dormir la siesta que ayer anunciaba tanto, jaja.
Biquiños, Almita.

Fauve, la petite sauvage dijo...

Y el libro es fabuloso, estoy en la página... espera que mire, ahora vengo.
Ya estoy, perdona la espera pero es que tuve que ir hasta el dormitorio porque lo tengo en la mesilla de noche. Voy por la página 1053, el sueño agotador interrumpió mi lectura por una página de la derecha (¿por qué siempre se para por la parte de la izquierda?) Así que me queda muy, muy poquito para terminarlo, cosa que por una parte estoy deseando y por otra me rezago para seguir disfrutándolo, paradojas que ocurren con los buenos libros.
Ya.

Perdonaré los patines dijo...

Yo también voy a agradecerle esta labor de corta y pega, ya que aunque no me crea, he estado unas doscientas veces delante de ese tocho (el soporte papel) en varias librerías. Nunca me decidía a comprarlo. Compruebo que ha copiado la última parte de la obra, según reza la sinopsis.

En todas las bibliotecas particulares, sean modestas o ingentes, existen los famosos cementerios de libros que enterramos al tropezar con el cadáver de las primeras cien páginas que se nos resisten. Por mucho que se empeñen en negarlo, algunos escritores tienen el empecinamiento de extender un fiambre intragable al principio, como poniendo a prueba la paciencia de un lector que sea capaz de aguantar en ese velatorio para después salir a la luz. Si se sale.

Los lectores no pueden ser héroes. Se les ha pedido demasiado durante mucho tiempo. Algunos autores, tal vez los mejores, lo han entendido, e incluso pedían disculpas (ellos mismos o a través de sus personajes) a cada paso al lector en una especie de interacción compasiva, como diciéndoles: “ya lo sé, te exijo demasiado, pero si aguantas, valdrá la pena”

Y en esos casos, en que los grandes autores abandonaban la petulancia de los sobreentendidos y se acercaban al lector, las expectativas se cumplían.

Tampoco negaré que en el caso de este autor, influyó negativamente la lectura de “La pista de hielo” que había leído hacía tiempo.

Tal vez, como el personaje insinúa, aquella obra, era una obra menor, o una obra árbol, o hierba para acompañar a la/s grande/s que habían de venir. Aquel libro, mató las expectativas que había puesto en ese escritor -hoy una leyenda y un icono para la mayoría de escritores vivos- y mi decepción me empecinó en no comprar el alabado título de la famosa cifra.

Estos fragmentos han conseguido vencer ese resentimiento. Son verdaderamente sobrecogedores. De una brillantez melancólica, abatida, comedida, que es la única que me gusta.

Sólo hay una cosa que pondría en cuestión sobre lo que se dice en este escrito: que sea más gratificante leer que escribir. Ambas actividades son muy frustrantes. Supongo que por lo que apunta el personaje, porque hay una aspiración a la redondez imposible de conseguir. Ni por los lectores ni por los escritores. Aceptando que en cualquier obra, la redondez no es una figura geométrica, sino una apreciación subjetiva y arbitraria.

Me quedo con las sabias palabras de Borges:

“Tú, que me lees, ¿estás seguro de entender mi lenguaje?
La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra…”

Fauve, la petite sauvage dijo...

Me alegro de que perdones los patines, entre otras cosas porque yo no sé patinar.

También me alegro de que me dejes tu opinión, siempre tan sabia e interesante.

Y de que hayas leído la entrada, y te gustara; además no la copié y pegué sino que la escribí a mano (a tecla) copiándola directamente del libro (¿tiene más mérito?) porque es uno de los pasajes que más me han gustado.

Si es el final o no... Pues, la verdad, no lo sé. Está en la página 980 y tiene mil ciento y pico... y es demasiado obvio. Presupongo por tanto el final, pero no creo que después de tal extensión sea tan previsible; espero equivocarme.

La novela es fabulosa, eso sí puedo decirlo ya, aunque sí que tiene partes por el medio en las que está uno a punto de rendirse o, mejor dicho, estoy segura de que se rendirá todo el mundo menos los cabezotas que hemos tenido la suerte de no conocer más que el libro de relatos "Llamadas telefónicas", que tanto me gustó, y me hizo, al contrario que a ti, darle mi confianza y entregarle mi paciencia y seguir, asesinato tras asesinato...

Y los que somos esclavos de los libros y nos cuesta soltarlos aunque no nos gusten. Claro que yo voy aprendiendo en ese aspecto a no perder el tiempo. Pero es que a veces pasa como con los prólogos, ya sabes...

Cuando lo acabe te diré qué tal. En cualquier caso, creo que sí que merece la pena.

Yo también me paré muchas veces delante sin decidirme; sin embargo un día con un cheque de la FNAC por el importe exacto pensé que quizás era una de esas casualidades que tanto me gustan, ¡es que ni un céntimo más ni uno menos! A lo mejor "estaba para mí".

Sí, ya sé que eso es una de las tonterías más grandes que he escrito en mucho tiempo, pero a mí me gusta pensar cosas así. No soy supersticiosa ni creyente, pero sí me gusta mucho todo lo que sea relativo a la casualidad, ya que ésta me persigue y por lo tanto me obsesiona.

Lo que no me gusta nada de nada son las sinopsis.

La del libro que aquí tratamos, como de costumbre, no la leí. Las que leo, las miro por encima. No ha sido una ni dos ni tres las veces que me ha decepcionado un libro por culpa de haber leído una sinopsis escrita por algún amargado con ganas de fastidiar la película. Y no me refiero al argumento, ya que nunca entendí cuando te gusta un libro y lo recomiendas que te pregunten "¿y de qué va?" pero eso me parece que ya lo he contado en otra parte, y como me repito tanto y me caigo de sueño y no me he enterado bien de qué ha pasado con el partido, me despido ya.

Que tengas dulces sueños, ente favorito. Muchas gracias por escribirme y hacer que me vaya a la cama con una sonrisa.

Juro que es cierto. Y no dejes de escribirme por ello, esto que siento por ti no es lo de aquella peli, "Atracción fatal", ni yo estoy tan loca, y no te voy a perseguir. Ni tampoco podría. XD

Y buenas noches para todos los que tengan a bien leer estas letras.

Alma Cándida dijo...

Y yo que cada día estoy más gandulona...

Comparto el fervor por la siesta (no siempre puedo cumplir con el ritual, u know), y con el tiempo me voy desligando de lo que en otros días de antaño fue mi razón de ser.

Así y todo, las ráfagas de arte que encuentro en internet casi sustituyen los mamotretos que antes me endilgaba jubilosa y confiada. Ahora, ni jubilosa ni mucho menos confiada, podría decir que incluso rencorosa con el arte y sus mandangas (el señor de los patines dice grandes verdades), vencida a medias por la vida y sus avatares (que no son entes de internet, sino putadas que te hace la vida misma), sin embargo creo que guardo aún la virtud, que no defecto, de la curiosidad. Que no falte.

Bicos :)

Fauve, la petite sauvage dijo...

¡QUE NOS CHOCAMOS! ¡HUY! Qué poco faltó para matarnos... ¡un tris! :P

La curiosidad mató al gato... Creo que es mejor tirar hacia el hedonismo, con pelín de perseverancia y hacia el lado de la constancia, que tanto me ha faltado en toda mi vida excepto en los placeres, y que ahora procuro cultivar en lo que me gusta para que así se convierta en placer.
En cualquier caso, soy muy dejada.

Y muy curiosa, vale, lo reconozco.

¿Ya te contó el señor de los patines "lo nuestro"? Después me lo cuentas tú a mí :-)

(Es broma, simplemente otra casualidad más al llevar tanto tiempo en internet, tan grande y tan pequeño a la vez, donde tantos nos reencontramos en cada reencarnación).

Y reencontrarte con él comprende que de regocijo cuando menos.

¡Me voy a la camaaaaaaa!

Biquiños a tutiplén.

Fauve, la petite sauvage dijo...

Al de la pista de hielo:

Entiendo que escribir pueda resultar frustrante, pero... ¿leer?

Por cierto, os remito a todos a mi entrada "La lectora", con un texto de Vila Matas (y otros dentro del suyo, como suele hacer) y un precioso cuadro de Fragonard.

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